
En los noventa nace Verónica Gil, aunque leyendo su poesía podría pensarse que ha tenido más de una vida. Estudiante de Magisterio de Lengua Inglesa en la Universidad Autónoma de Madrid, Verónica se mueve entre recitales de poesía en antros de Tribunal y actividades en la E.S.O.A. El Dragón. Allí me reunimos con ella, con su cuaderno y con su bolígrafo, que siempre la acompañan. “No sé desde cuándo escribo, pero sí puedo decir que los primeros poemas que recité fueron en
Poekas, un grupillo de Vallecas con el que todavía me reúno siempre que puedo”, dice Verónica.
Tímida ante la cámara de fotos, abrumada ante su nuevo reto
Al margen del cuaderno –un blog en el suplemento educativo de EL MUNDO, Aula– pero siempre serena y madura cuando le pregunto. “Pienso que el arte no es sólo un vehículo de expresión de emociones o ideas, sino que tiene que ser algo activo, es decir, una causa que exija un efecto. Para que algo pueda ser arte tiene que ser capaz de impresionar, retorcer al receptor, como una bofetada, pero sin olvidar la belleza. Y también tiene que dejar un margen de interpretación, el objeto artístico no puede venir con libro de instrucciones. El arte no se explica, se interpreta.” Cuando conocí a Verónica, estaba jugando con su pompero y me hablaba sobre escaparse a Granada, uno de sus grandes amores. Me preguntaba si esos grandes amores eran también su gran inspiración: “A mí me inspira la vida y las cosas que hacemos para reafirmarla, exigirla o buscarla. La música, los gritos, los abrazos, las miradas. Supongo que no soy más que un receptor de estímulos, estímulos que me bombardean constantemente y que no soy capaz de digerir por completo hasta que los crucifico en el poema”.
Pero, ¿qué es la poesía para una poeta?. “Es una contradicción constante. Es una ventana al tiempo que es una cárcel, con ella te aprendes y te desconoces, te buscas y te pierdes. Es una llave, es esencial para abrir y cerrar todas las puertas desde uno mismo hacia el resto (y viceversa). Lo bueno de la poesía es que no se queda en el poema, te la encuentras donde menos lo esperas”. Aunque para encontrarse a Verónica y leerse a uno mismo, tienes que viajar a su mundo, a su cuaderno, a su hoja de papel,
Siempre haciendo equilibrios. Y entre equilibrios, paréntesis, guiones, silencios y palabras, está ella. “Yo, cuando escribo, me escribo. Para mí escribir es la única forma de entenderme”.
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